lunes, 25 de octubre de 2010

En mi ciudad hay mucha pobreza.



Primero está la pobreza material, desgarradora, triste, frustrante para quien la vive y para quien la observa (no todos), esta pobreza huele a humo de ladrilleras, tiene la fetidez del drenaje mal colocado, huele a perros que mueren flacos en la orilla de la carretera. Cuando los ventarrones llegan, el olor se va y sin la distracción del olor se observan, mejor, las evidencias del olvido, montones de escombro por todas partes, basura, polvo (no sé en otros lugares, pero aquí la constante de la pobreza es el polvo) casas sin terminar, automóviles chatarra, niños descalzos con ojos llorosos y enrojecidos e hijos de otros niños, mujeres tristes que envejecen rápidamente y a los 40 años ya son consideradas viejas e inservibles, abuelos prematuros. El escenario es fácilmente ubicable, aquí todos sabemos a dónde ir si queremos verlo, olerlo, sentirlo.


Luego está la pobreza de espíritu, indefinible, inmedible, sin limitaciones espaciales, pero está ahí, se refleja claramente en nuestra falta de capacidad para decir las cosas de frente, sin miedo, sin expectativas, sólo por el deber ético de decir lo que pensamos y defender lo que creemos. Esta manifestación de la pobreza, se encuentra en todos los niveles, y es quizá la más peligrosa, la que más daña.